viernes, 24 de octubre de 2008

Derecho a equivocarse

En el mundo actual, en el que sólo nos acordamos de los triunfadores, es bueno recordar que tenemos derecho a equivocarnos. Y es un derecho de los seres humanos, porque no siempre se puede hacer bien las cosas. Y el que diga lo contrario, está engañando. ¿Cuántos intentos hay antes de un gran invento? En el mundo científico muchos y en el personal, en el diario, igual. Para que una persona gane, me temo que alguien tiene que perder. Somos seres humanos y nos equivocamos, algunos hasta son profesionales. Pero es una realidad y en cierta medida una bendición. ¿Por qué? Porque si todas las cosas nos salieran bien al intentarlo, no habría posibilidades de mejorar. Por no hablar de que no es posible que todos hagamos bien las cosas porque al ser distintos es posible que unos quieran blanco y otros negro.

Las equivocaciones son oportunidades de aprender. No valoraríamos los triunfos si no supiesemos lo que es perder. Por equivocaciones tenemos grandes exitos, como por ejemplo la penicilina. Gracias a la equivocación podemos llegar a la humildad, a hablar con los demás, a trabajar en equipo y a andar con los ojos abiertos. Bien pensado, no equivocarse debe ser aburrido. Conocer a una persona es un reto. Algo que es imprevisible y que nos abre la posibilidad de un triunfo o un fracaso. ¿Cuántas veces, al tiempo de conocer a una persona, nos damos cuenta de que nuestra primera impresión no tiene nada que ver con lo que esa persona es?. Para bien y para mal. A mi me ha pasado conocer a una persona y darme cuenta con el paso de los años que es un completo desconocido, que la persona que conocía no corresponde al que tengo delante. O al contrario, que esa persona que pensaba que podía ser un conocido, se convierte en alguien muy especial para mi.

Sí, tengo derecho a equivocarme, a caer, a fracasar. A no hacer las cosas bien a la primera vez. Y eso no significa que no termine haciéndolas bien, simplemente tengo un aprendizaje propio. Es mi ritmo, y no pasa nada. Muchas veces, cuando me equivoco, pienso que tengo que seguir adelante, que es una forma de saber un paso mas del camino y que ese fallo me da un punto de comparación para valorar los aciertos. Ya lo he dicho anteriormente, lo único que se me puede exigir es que lo intente.

Vivimos en una sociedad de éxito, donde lo fracasado no cuenta. Pensamos que triunfar es tener una casa enorme, un sueldazo, el coche mas caro, la mejor familia, los mejores títulos... ¿De verdad nos creemos eso?. Seguimos unos cánones de belleza que hacen a muchos infelices, deseando ser otros. Si vemos a alguien en una silla de ruedas, le miramos como teniéndole lástima. Vemos a los discapacitados y nos planteamos que su vida es una pérdida de tiempo, que tienen a las familias muy sujetas, sin poder hacer su vida. Lamentablemente, esta semana leía que médicos británicos abogaban por la práctica de la eutanasia para recién nacidos discapacitados física o psíquicamente por la carga que eran para la familia. Y se me removían las tripas, lo aseguro. Primero porque deberían hablar de asesinato mas que de eutanasia. Y segundo, porque me parece que podrían utilizar su tiempo en mejorar la vida de los discapacitados mas que en querer deshacerse de ellos.

Tomamos a la gente distinta, a los impopulares, como fracasados y como errores de la naturaleza. Y el gran error sería pensar en un mundo perfecto. El mundo que nos rodea no es perfecto. Si lo fuera no habría cataratas, olas gigantes estupendas para el surf, choques de placas tectónicas que hacen montañas. Sí, tienen también connotaciones negativas, como pérdidas de vidas humanas, destrucción de ciudades o grandes miserias. Pero, de las cosas malas se pueden sacar garndes cosas. Un ejemplo, para mi, son los bomberos. Personas que se juegan la vida por salvar del fuego a otras personas. Nacen valores como la solidaridad o la entrega que en un mundo perfecto estarían en desuso. Porque los valores nos dotan de humanidad y si cada uno fuera perfecto, sin errores, no podría darse, seríamos como máquinas, previsibles y prescindibles. No existiría el afan de superación, ni los objetivos.

El mundo está bien hecho, la naturaleza va por donde tiene que ir. Me acuerdo de un ejemplo que me pusieron en el pasado. Una persona sabia escuchaba a uno de sus discípulos quejándose de que Dios permitía las desgracias. A la pregunta del discípulo ¿por qué Dios no hace nada?, el sabio contestó: "Sí que ha hecho algo, te ha hecho a ti". Y se da la paradoja humana de que nos creemos estupendos y al mismo tiempo incapaces de hacer algo. Quizá porque nos gustaría cambiar el mundo, ser una especie de superhombre o supermujer. Pero, en cambio, no nos damos cuenta que hay cosas a nuestro lado que podemos cambiar. No son grandes cosas; pero son lo que podemos hacer cada uno. Nuestro gran éxito.

Podemos equivocarnos, siempre que no nos quedemos en el error y aprendamos a levantarnos. Tenemos una vida por delante para llenar de grandes cosas, de grandes triunfos personales, y cada dia tenemos una oportunidad para intentar mejorar.

El peor enemigo de la mujer (enfermedad cardiovascular)

Aunque se considera más común en los hombres, las enfermedades cardiovasculares provocan la muerte en miles de mujeres.

COMO TODOS LOS DÍAS, Verónica Rosa iba en colectivo de su casa a la escuela primaria donde trabajaba, en la Ciudad de Buenos Aires. Al bajar del ómnibus, la mujer, de entonces 35 años, sintió una sensación de fuerte dolor en la espalda y en el pecho que llegaba hasta el brazo izquierdo. Asustada por el malestar, de su trabajo se dirigió inmediatamente a una clínica para que la atendieran. Allí le hicieron un electrocardiograma que arrojó resultados normales. El médico le dijo que se trataba de una simple contractura. “Me quedé tranquila, pero el dolor no cesaba”, recuerda. A la mañana siguiente, desde su casa, llamó a una ambulancia que de nuevo la llevó a otro sanatorio donde descubrieron que Verónica había sufrido un infarto masivo, un taponamiento de las arterias coronarias, y que sólo le funcionaba el 10 por ciento del corazón. Le practicaron una angioplastia para desobstruir las arterias, pero no fue suficiente.

“Ingresé en la Fundación Favaloro en estado de extrema gravedad. Los médicos me dijeron que necesitaba un trasplante de corazón urgente para seguir con vida. Luego de estar cuatro días en coma farmacológico y en el primer lugar en la lista nacional de espera de trasplantes cardíacos, apareció un donante, me operaron y todo salió bien”, comenta Verónica.

La mujer era joven, saludable y nunca había tenido ningún signo que la hiciera sospechar de un problema cardíaco, ni siquiera tenía antecedentes familiares. “Fumaba sólo cinco cigarrillos por día y vivía a mil, pero como todo el mundo. Nunca me sentía mal”, explica. Incluso, cuatro meses antes de sufrir el infarto se había hecho un control general y los resultados habían sido normales.

Hoy, a dos años del trasplante, Verónica lleva una rutina tranquila, con chequeos cada seis meses y medicación de por vida. “Por suerte, pude volver a trabajar y también aprendí a tomarme las cosas con un poco más de calma —reconoce—. Los médicos no encontraron causas para el problema que tuve, me dijeron que podía ser algo congénito o por efecto del estrés”.

SI BIEN EL CASO DE Verónica Rosa, aunque fue extremo, tuvo una buena resolución, no siempre se llega a tiempo. Por año, las enfermedades cardiovasculares ocasionan la muerte de alrededor de 45.000 mujeres, ubicándose como la principal causa de los fallecimientos femeninos. “En la actualidad, una de cada tres mujeres muere por enfermedades del corazón mientras que una de cada 200 por causas ginecológicas (cáncer de mama, cuello de útero, etc.)”, asegura el doctor Alberto Alves de Lima, director de Capacitación y Coordinador Médico del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires.

Según varios estudios científicos, la mortalidad por enfermedades del corazón está creciendo en las mujeres y bajando en los hombres.

Pero pese a las cifras alarmantes, en los últimos años, tanto profesionales como pacientes no le han prestado la debida atención al tema. Desde siempre se consideró a la enfermedad cardiovascular como un padecimiento exclusivo de los hombres, y por ello hay desconocimiento y poca atención de los síntomas de la mujer. “Los males cardíacos dejaron de ser un problema exclusivo del varón para serlo también de la mujer”, subraya Alves de Lima.

El crecimiento de los índices de mortalidad en las mujeres “se debe, entre otras razones, a que en las décadas pasadas se emprendieron campañas de prevención y control pero siempre enfocadas en los hombres”, sostuvo la doctora Liliana Grinfeld, presidenta de la Fundación Cardiológica Argentina (FCA).

Hoy se sabe que los síntomas en las mujeres son diferentes de los de los varones: una mujer puede sentir falta de aire, fatiga, dolor de espalda, de mandíbula, abdominal, náuseas, vómitos y malestar general, antes que el dolor de pecho y brazo, más típicos en los hombres.

“Desafortunadamente, la mujer consulta menos y más tarde que el hombre —dice Alves de Lima—. Tolera más el dolor y, a su vez, los médicos tienden a darle menos importancia que al hombre cuando consulta por ciertos síntomas. De hecho, ante cuadros similares, a las mujeres les hacen menos estudios y reciben menos tratamientos tanto médicos como quirúrgicos”, reconoce.

Un estudio de la Universidad de Aberdeen, en el Reino Unido, sobre 38.000 pacientes determinó que la enfermedad cardíaca en la mujer es ignorada tanto por las pacientes como por los médicos. La investigación concluyó que, en comparación con los hombres, las mujeres con angina de pecho tienen un 47 por ciento menos de probabilidades de acudir al cardiólogo, un 56 por ciento menos de que se les realice un electrocardiograma de esfuerzo y un 71 por ciento menos de ser sometidas a una cirugía coronaria.


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Por año, las enfermedades cardiovasculares causan la muerte de 45.000 mujeres.

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DESDE SU ADOLESCENCIA, Dora Rodríguez, de 67 años, sufrió taquicardia. “Recuerdo que cada vez que me ha tocado atravesar una situación de nervios, desde un examen hasta el parto de mis hijos, el corazón se me aceleraba como si fuera a salirse de mi pecho”, dice. Dora aprendió a convivir con esa sensación de temblor en su cuerpo, e incluso tomó medicamentos para disminuir sus taquicardias. Pero hace unos años, mientras pasaba sus vacaciones en Chile, sufrió una descompensación: “Tuve una taquicardia muy grande, terminé internada y me diagnosticaron un edema de pulmón. Llamaron a mi familia porque mi estado era muy grave”, recuerda.

Tras varios días de internación, los médicos lograron estabilizar su salud y Dora fue trasladada a Buenos Aires. Pero tiempo después tuvo un nuevo episodio y en aquel momento los médicos le dieron un diagnóstico más preciso: fibrilación auricular, la más común de las arritmias.

“Hoy, gracias a la rehabilitación cardiovascular —tres veces por semana camina una hora en la cinta y realiza ejercicios con aparatos— hago una vida normal. Tengo controles cada seis meses y tomo una medicación que estabiliza mi corazón y logra que funcione normalmente”.

Quizá si un hombre hubiese padecido taquicardia, los médicos habrían atacado antes los síntomas para evitar así un mal mayor. El hecho es que “la mujer se enferma más del corazón desde los 55 años, unos diez años más tarde que el hombre, pero cuando lo hace su pronóstico y evolución son peores: para las mismas patologías surgen más complicaciones tal como ocurre en el infarto de miocardio, la angioplastia o la cirugía coronaria, donde ser mujer podría representar un factor de riesgo adicional”, advierte Alves de Lima.

Cuando una mujer se realiza un estudio de rutina, como un electrocardiograma, es frecuente que, a diferencia del hombre, presente resultados normales aun cuando tenga problemas cardíacos. “Por lo general, la mujer tiene dolores atípicos y en ocasiones no hay cambios notorios en un electrocardiograma, por eso el diagnóstico es bastante más difícil. Además las lesiones vasculares en la mujer son muchas veces imperceptibles”, explica la doctora Carla Agatiello, miembro de la comisión “La Mujer y la Cardiología” de la Fundación Cardiológica Argentina (FCA).

El doctor Branco Mautner, jefe del Departamento de Docencia e Investigación de la Fundación Favaloro, agrega: “El electrocardiograma es clave en la detección de cuadros agudos de enfermedad coronaria; sin embargo, como ocurre con la mayoría de los estudios en medicina, tiene límites en su precisión: hay problemas que no detecta y a veces su interpretación inadecuada lleva a diagnósticos erróneos”.

Cuando un electrocardiograma no es suficiente, hay otros estudios no invasivos que pueden resultar útiles como el ecocardiograma de estrés, la ergometría o, más avanzada, la gammagrafía (conocida como cámara gamma). Ésta última consiste en inyectar material radiactivo que se fija en el corazón después de que la paciente subió a una bicicleta o una cinta caminadora. Así se puede observar si el proceso de irrigación de sangre al corazón es normal. "Este examen se realiza cuando los otros estudios no arrojaron resultados concluyentes, y si con la cámara gamma no se llega a un diagnóstico certero, se puede hacer otro estudio más complejo, no invasivo, que es la angiografía coronaria por tomografía computada Multislice con la que se evalúa el estado de las arterias a través de imágenes", comenta Agatiello. Sin embargo, en el caso de la tomografía no todas las obras sociales cubren su costo ni todos los hospitales cuentan con esta tecnología.

Finalmente, si continúan las sospechas de un problema cardíaco y con todos estos estudios no se ha llegado a un diagnóstico certero, una angiografía coronaria arrojaría resultados concluyentes: con anestesia local, se introduce un catéter (casi siempre a través de la ingle) y se analiza el estado de las vías coronarias por dentro.


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Los factores de riesgo como la hipertensión y la obesidad deben estar bajo control.

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Si bien en muchas ocasiones se tarda en llegar un diagnóstico exacto, desde la FCA subrayan que los factores de riesgo como la hipertensión, la diabetes, el colesterol alto, el tabaquismo y el sedentarismo, que favorecen el desarrollo de problemas cardiovasculares, trabajan en silencio durante años por lo que es esencial un control desde que la mujer es joven.

“Tal como ocurre con la presión arterial, muy pocas mujeres conocen su nivel de colesterol, y hoy se sabe que su disminución y normalización no sólo reducen la posibilidad de un infarto de miocardio sino que también pueden producir regresión de la aterosclerosis (obstrucción de las arterias coronarias que interrumpe de la irrigación de sangre al corazón). Las cifras de colesterol total deben estar por debajo de 200 mg/dl”, asegura el doctor Guillermo Fábregues, vicepresidente de la FCA.

La doctora Ana Cappelletti, especialista en endocrinología de la mujer, agrega que "la falta de prevención, la menor atención a los síntomas y su deficiente interpretación, y sobre todo un diagnóstico tardío pueden ser las causas por las cuales las mujeres con problemas cardíacos tienen peor pronóstico que los hombres; de hecho dos terciosde ellas fallecen de muerte súbita”, subraya.

LA REALIDAD DEMUESTRA que las mujeres no cuidan su corazón como deberían. Una de las razones es que la mayoría de ellas centra su atención en el cáncer de mama como una prioridad en los controles. De acuerdo a un relevamiento realizado por la “Comisión de la Mujer y la Cardiología” de la FCA, las mujeres encuestadas consideraron al cáncer de mama (y al cáncer en general) y al estrés como sus principales problemas de salud: sólo una de cada diez nombró a los problemas cardíacos. Sin embargo, pocas saben que las enfermedades vasculares (el infarto y los accidentes cerebrovasculares) matan ocho veces más que el cáncer de mama.

Otra de las razones surge del mito de que las mujeres no mueren de enfermedades del corazón porque las arterias están totalmente protegidas contra los factores de riesgo. El doctor Branco Mautner explica que efectivamente “la mujer tiene, gracias a sus hormonas, una fuerte protección contra el desarrollo de la ateroesclerosis. Pero dicha barrera dura hasta la menopausia, lo que explica la existencia de una relación de cinco hombres enfermos por cada mujer hasta los 60 años. Luego las tasas de enfermedad por esta causa comienzan a igualarse”.

La doctora Agatiello subraya que “los controles de una mujer dependen de la edad, de sus factores de riesgo y de los antecedentes familiares. Como examen de rutina, debe realizarse anualmente un control de presión, un electrocardiograma y una ergometría, una prueba de esfuerzo que permite analizar diversas variables clínicas, la frecuencia cardíaca, las alteraciones en el electrocardiograma y las arritmias”.

Esos estudios fueron los que descubrieron el problema que tenía Marta Rizzi, de 63 años. “Por la hipertensión y la diabetes leve que padezco, me hice unos controles de rutina. Cuando me practicaron una gammagrafía, los médicos descubrieron que tenía tres arterias obstruidas. Probaron con un cateterismo para ver si se lograba destaparlas pero no resultó, por lo cual tuvieron que realizarme una cirugía y colocarme tres bypass”, recuerda Rizzi.

“La ignorancia es la principal causa de muerte cardiovascular y la educación es el tratamiento para evitarla”, explica Liliana Grinfeld. Con esa convicción, el año pasado la FCA lanzó la campaña “Conozca sus números”, con el fin de concienciar a la comunidad sobre la importancia de conocer los valores personales de presión arterial, colesterol y glucemia y el perímetro de cintura para evitar la aparición de eventos cardiovasculares como derrames cerebrales o infartos de miocardio.

De hecho, los números le dan la razón a Grinfeld. Según un informe publicado en la revista especializada Circulation, en los Estados Unidos, gracias a las campañas de concientización, desde 1997 se ha observado un crecimiento constante en el porcentaje de mujeres que saben que las enfermedades del corazón son su primera causa de muerte (de un 30 por ciento a un 55 por ciento en la actualidad), y entre 1999 y 2003 hubo una reducción del 5,7 por ciento en el número de mujeres que fallecieron a causa de enfermedades cardiovasculares.

Las mujeres con un mayor conocimiento de su riesgo son más propensas a tomar medidas para proteger su salud. Aquellas que sabían que las enfermedades cardíacas eran su primera causa de muerte tuvieron un 35 por ciento más probabilidades de hacer actividad física de manera regular y un 47 por ciento más de bajar de peso en comparación con aquellas con un menor nivel de conocimiento.

“En cuestiones cardíacas, es importante que la paciente se informe y sea perseverante. Tiene que quedar conforme con la opinión y el diagnóstico del médico. Si siente que no es así, que no dude en realizar una nueva consulta”, concluye Agatiello

Fuente:selecciones

martes, 21 de octubre de 2008

El fin del enamoramiento

Un príncipe mandarín se enamora de una cortesana. Ella le dice que la debe esperar afuera de su ventana sentado en un banco durante 100 noches y que entonces se entregará a él. Pasan 99 nueve noches y el mandarín toma su banco bajo el brazo y se va. ¿Qué sucedió?

Alguna vez leí que el fin del enamoramiento estaba donde comenzaba la vergüenza ajena. Es decir, que el día en que algo en tu pareja por quien suspiras y das la vida, te hace sentir pena frente a los demás, se pone borracho frente a tus padres, cuenta un chiste malo frente a tus amigos, o tan sólo ostenta un horrible grano en la punta de la nariz, es cuando se acaba el enamoramiento. Son estos mínimos detalles que hacen que la buena imagen que teníamos del ser amado, se altere, si no es que se rompe en pedazos.

¿Por qué sucede esto? Bueno pues porque son esas nimiedades las que nos hacen ver a esta persona como alguien completamente terrenal. Algunos filósofos proponen el asco como el límite de la experiencia estética, y a mi parecer la pena ajena es lo mismo para la experiencia amorosa. No hay más que recordar cuando éramos adolescentes, en esos tiempos en que cualquier cosa que tus padres hacen te causa terribles penas. El típico episodio en que tu padre pasa por ti a la fiesta, en pijama. O en que tu madre intenta limpiar tu cara con su baba, frente a tus amigos. ¿Acaso no es ahí cuando dejas de ver a tus padres como super héroes y se convierten en simples mortales?

Según Roland Barthes en su libro sobre el discurso amoroso, los griegos sentían tanto miedo a provocar este sentimiento en sus amantes que a toda costa cuidaban su imagen frente al ser amado. En este mismo libro, Barthes cuenta la historia del príncipe mandarín y la cortesana. Barthes usa la historia para ejemplificar al amante que gusta más de la espera para el amor, que del amor mismo, aunque a mi parecer no es ese el problema en la historia, sino que probablemente la imaginó saliendo a hacer las compras por la mañana con tubos en la cabeza, sintió vergüenza imaginaria y decidió que no valía la pena la espera.

Ahora, lo más terrible de la pena ajena es que quien la está provocando nunca se da cuenta del efecto que causa. Y eso, nos hace a todas proclives a ser causantes de pena ajena… ¡Sí señoras y señoritas, ahí está la ironía de todo esto: nadie está exento de ser agente de pena ajena! ¿Entonces eso significa que nadie podría amarnos? NO.

La buena noticia de todo esto es que muchas veces, cuando el enamoramiento se acaba (y siempre sucede, incluso hay estudios científicos en donde se ha comprobado que no puedes estar enamorado de alguien por más de 3 años), puede surgir el verdadero amor. Por supuesto esto no se da todos los días y hay que saber identificar el cambio de una cosa a la otra, pero un buen síntoma es que si sobrevives a la pena ajena con esa pareja, puede que ese primer enamoramiento se esté convirtiendo en algo más.

Y por suerte para la supervivencia de la humanidad el verdadero amor si puede soportar la vergüenza ajena, porque esa sí, siempre será mutua y nunca se acaba. ¿Cuéntenme alguna vez han sentido tanta vergüenza por alguien que no hayan podido seguir una relación?

fuente:Eugenia Correa,Swishy

miércoles, 15 de octubre de 2008

Sicologia para las mujeres...digo para su closet gg

Me levanto en la mañana, me espera un día complicado, tengo un desayuno con clientes, después una comida con mis amigas y en la noche un cocktail con gente del trabajo. Tengo 20 minutos para estar lista. Pero ya han pasado 15 y yo aún no encuentro nada en el clóset.

Comienza el pánico. Ya voy tarde y sigo envuelta en una toalla. ¿El suéter verde con la falda de cuadros?... no, ya no me queda. ¿La falda negra con blusa blanca? Ideal para un día complicado y con muchos eventos ¡pero está en la tintorería! ¿jeans? demasiado informal… Mi pareja me mira, extrañado y pregunta ¿tu clóset es 10 veces más grande que el mío, ¿por qué dices que NO-TIENES-NADA-QUE PONERTE?

¡Por qué así somos las mujeres! Tenemos todo menos lo que necesitamos. ¿Cómo le hacemos para tener guardarropas llenos de cosas inservibles? Yo me cansé de eso y entonces dediqué el fin de semana pasado a cambiar la Sicología de mi clóset y por lo mismo de toda mi vida, pues sin duda creo en que tu guardarropa refleja exactamente el estado de tu cabeza (si, lo sé, es dolorosa la comparación).

Aquí algunas de las etapas por las que pasé y cómo debí cambiar mi forma de pensar para tener más espacio y sobre todo un nuevo horizonte en mi forma de vestir. He de decir que no es un proceso fácil, pero, al fin hoy llegué temprano al trabajo.

1.- Deshacerse de todo lo que no sirve, no usas, ya no está de moda.
Hay miles de cosas que guardamos, “por si acaso” o porque “qué tal que vuelve esa moda”, mi consejo y el de muchos expertos es: si no lo has usado en dos años, sácalo. Una forma positiva de verlo es pensar que estas haciendo espacio para cosas nuevas. Además piensa que esa ropa que, no hay que tirar pero sí regalar, le llegará a alguien que la usará mucho más que tú.

2.- Hacer un inventario
Sé que parece una tarea ridículamente obsesiva, pero esto te dará un panorama de qué es con lo que cuentas (te sorprenderás de ver el verdadero potencial de tu clóset). Luego divide la ropa en cosas para trabajar, de fiesta, deportivas, fin de semana, etcétera, para ver los conjuntos que puedes armar.

3.- Hacer una gráfica de actividades
Otra tarea obsesiva, lo sé, pero verás cómo rinde frutos. En una gráfica tipo pastel, escribe los porcentajes de tus actividades en un mes. Por ejemplo si trabajas 40 horas a la semana, eso significa que trabajas 160 horas del mes, o sea el 23% del mes estás vestida para trabajo. Así debes hacerlo con todas tus actividades incluso las casuales o vacacionales: horas de ejercicio 10%, vida social 12%, en la casa de campo, en la playa, etc. Así sabrás realmente qué es lo que más usas y el inventario de tu clóset debe dividirse en porcentajes similares. ESTO NO SÓLO TE AYUDARÁ A ARREGLAR TU CLÓSET SINO A SABER REALMENTE QUÉ NECESITAS CUANDO VAYAS DE COMPRAS.

4.- Reacomoda tu clóset.
La mejor forma de ordenar es poniendo todo por tipo de ropa, es decir, pantalones con pantalones y suéteres con suéteres. Hay quienes recomiendan hacerlo por color, aunque yo para ser sincera me conformo con que no esté todo revuelto. De esta forma no sólo se verá más bonito y podrás guardar la ropa de forma que no se maltrate (por ejemplo si cuelgas tus suéteres se deformarán y harán grandes). Si tu presupuesto te lo permite, compra colgadores de madera iguales.

5.- Mantenimiento
Es importante arreglar un poco una vez por semana. Si no lo haces, antes de un abrir y cerrar de ojos todo volverá a ser igual.

viernes, 10 de octubre de 2008

Locas de amor

Es común escuchar que las verdaderas historias de amor nada tienen que ver con la racionalidad, que se ama con locura o no se ama, y que la ausencia de conflicto y sufrimiento es falta de pasión. Lo cierto es que esas ecuaciones tan atractivas en las historias de ficción se convierten en obstáculos con los que se enfrentan muchas mujeres en la vida real a la hora de construir una relación sana y estable que las haga verdaderamente felices.

“Todos necesitamos amar y ser amados. La falta de amor produce una sensación de aislamiento y no pertenencia y un sentimiento de vacío difícil de llenar. Muchos creen que el amor es cuestión de suerte, como una lotería. Sin embargo, no es así. Porque el amor verdadero exige esfuerzo y sabiduría: se puede aprender a amar para siempre a alguien si tenemos mayor conciencia de nosotros mismos”, explica la psicóloga Evangelina Aronne. Por su parte, Pablo Nachtigall, psicólogo transpersonal clínico, señala: “Construir una relación sana es un desafío general para toda mujer u hombre. No existe una persona que se haya graduado como especialista en ello, ya que toda pareja afronta diariamente exigencias y factores estresantes dentro y fuera de su vínculo que los afecta. Pero existe en la actualidad un porcentaje importante de mujeres que tiene dificultades emocionales para establecer una relación adulta, madura y nutritiva debido a que en su vida familiar han carecido de modelos adecuados. Por otra parte, nunca hubo tanta dificultad como ahora entre los sexos para encontrarse en un vínculo adulto y maduro”.

¿Lo que ellas quieren?

Según coinciden los especialistas, más allá de los detalles e identidades, las miles de historias de amor llevadas a diario al diván parecen transcurrir todas por un mismo laberinto que, en el comienzo, tiene miedos, inseguridades y obsesiones y cuyo recorrido, independientemente del camino que se tome, culmina siempre en la insatisfacción y la infelicidad, todo lo contrario de lo que se supone que, en teoría, el amor debería ser.

“Creo que esto debe pensarse en términos de dificultad entre los hombres y las mujeres a la hora de construir una relación más que de dificultades de las mujeres. Y para hablar de ello, haría una distinción entre lo que llamamos amor y enamoramiento”, señala Viviana Kahn. El enamoramiento sería ese primer momento de impacto, el famoso “flechazo”, en el que ambos tienen la certeza de haber encontrado a la mitad que los completa. “Pero a medida que la relación avanza y se van compartiendo más momentos de la vida, va apareciendo también lo real de lo cotidiano y las diferencias. Es en ese punto en el que se da la oportunidad de que el enamoramiento se transforme en amor. En muchos casos esto no sucede y aparece un sentimiento de abismo entre lo deseado-idealizado y lo real del otro. Se privilegia la imagen ideal que se pretende, no se renuncia a ella y entonces, se produce en la desilusión, el alejamiento y la consiguiente ruptura. Uno pretende que el otro encaje en el armazón que tenía preparado y pierde la posibilidad de enriquecerse con las diferencias”, agrega la especialista.
Si bien este desfase entre el hombre ideal y el real es uno de los mayores obstáculos para la construcción de una relación duradera, en estos casos la ruptura resulta la salida más sana. Ya que es desde ese desfase no aceptado que se construye gran parte de las relaciones enfermas.

“Hay mujeres, cada vez más, que se enamoran de relaciones complicadas. Estas mujeres sólo buscan en el afuera la confusión emocional que ya tienen dentro suyo: acostumbran relacionarse con hombres inmaduros, infantiles, egoístas, a veces infieles y muy manipuladores. Y lo hacen porque eligen desde un lugar inadecuado. Por lo tanto corresponde a ellas hacerse responsables de ello”, sentencia Nachtigall. Desde su análisis, existen ciertos rasgos de personalidad que dificultan el poder construir una relación sana: la histeria, el resentimiento, el miedo al compromiso, temor a la entrega o la falta de capacidad de dialogar adultamente son factores que, tanto mujeres como hombres, arrastran dentro de sí mismos, sin trabajarlos adecuadamente. El resultado final es un desencuentro en la relación que genera altos índices de frustración, queja y amargura.

Otra de las “patologías” en las que cae hoy buena parte de las personas “infelizmente enamoradas” es la adicción al amor, una subcategoría dentro de la llamada adicción a las personas o codependencia afectiva. Es un síndrome que ha sido muy estudiado en todo el mundo y que tiene su “Biblia” en Mujeres que aman demasiado, un libro publicado en 1985 por la terapista estadounidense Robin Norwood.

“La adicción afectiva es una adicción psicológica que afecta principalmente a mujeres. Consiste en obsesionarse por una persona, permitiendo que ésta controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta, siendo incapaces de librarse de ella a pesar de que comprenden que ejerce una influencia negativa sobre su salud y su bienestar”, define Evangelina Aronne. Y ejemplifica: las mujeres que se “enamoran” de hombres problemáticos, que pueden ser violentos, inadecuados, adictos a algo, depresivos, sumisos o simplemente irritables y desean convertirlos en su hombre ideal, entonces dedican todo su esfuerzo y su tiempo a esa tarea y, mientras tanto, se postergan a ellas y acepten de manera estoica, como si fueran condición del amor, los sufrimientos que esa relación les ocasiona porque creen que finalmente serán felices con él. “Para ellas es un desafío cambiarlos. Y mientras más amor le dan, creen ver el cambio más próximo. Y así transcurre su vida, dedicándoles su tiempo y esfuerzo a ‘ellos’”, remarca la especialista.

Según Susana Pérez, terapeuta especializada en dependencia afectiva, es importante remarcar que la dependencia puede afectar sólo a una parte de la vida de estas mujeres, en este caso, la que hace a su relación de pareja: “Podemos tener un comportamiento correcto en el trabajo, socialmente o con los amigos, mientras somos dependientes en casa”.

A esta categoría pertenecen los amores obsesivos, esos en los que muchas mujeres se juegan la vida, al punto de creer que todo empieza y se termina en esa persona: “La diferencia entre el verdadero amor y una obsesión es que la segunda es una emoción basada en sentimientos de inseguridad. En este tipo de relación hay dudas y preguntas que no tienen respuestas porque los canales de comunicación nunca han estado completamente abiertos y no hay confianza total. En cambio el amor real te eleva, te hace mirar hacia arriba con orgullo y no te hace dudar”, define Aronne.
Así como muchas mujeres se obsesionan con un hombre al punto de creer que no hay ningún otro que la hará feliz salvo él –aun cuando no cumpla con todos esos requisitos que lo harían el hombre ideal, aun cuando la relación sólo consiste en alguna que otra salida cada tanto–, también existen las que no pueden estar solas y su necesidad de formar pareja está por encima de su deseo de estar con el hombre correcto.

“Una de las cuestiones que más angustia al ser humano es la soledad y el desamparo. Nadie quiere estar solo y esto, en el caso de muchas mujeres, se transforma en un imperativo: sienten que es el hombre el que les otorga una identidad y quien las completa”, explica Viviana Kahn, quien sostiene que cuando el deseo queda así atado a un imperativo, es común que esa mujer salte de una relación a otra con la sola intención de completar el casillero vacío y sin detenerse en la pregunta sobre qué es lo que quieren y de qué manera, o bien, puede arrastrarlas a soportar relaciones insatisfactorias, que se sostienen desde el temor a quedarse solas y no desde el amor. “Habría entonces dos caminos posibles frente a este temor o angustia a la soledad. Uno sería el de retroceder y taponarlo para no ver, ni sentir. El problema de esto es que, si bien, en apariencia, no se está sola, tampoco se disfruta de esta compañía. El otro camino sería hacerle frente al miedo, asumirlo como un obstáculo y poder hacer algo diferente: darse el tiempo de espera y no de acciones compulsivas, para hallarse y descubrirse en sus propias ideas, prejuicios, contradicciones para, con todo esto, decidir un rumbo acorde a sus propios deseos”, señala la psicoanalista.

Obsesivas, idealistas, adictas o fóbicas a la soledad, lo único que todas ellas quieren es encontrar el amor verdadero, el que las haga felices. Esa es su locura.